Diez años después de que Alba arruinara mi vestido con huevos, llegué a su boda y descubrí que pensaba convertir aquel recuerdo en el entretenimiento de la noche. «No montes un drama, Lucía», volvió a decir mi suegra. No respondí: abrí la caja azul y pedí que encendieran la pantalla. Dentro quedaban 3 documentos que Sergio aún no había visto.

—No. Lo está destruyendo una costumbre vuestra: hacer algo, reírse y exigir que otra persona pague el precio.

Alba seguía junto a la mesa principal. La pequeña mancha de huevo sobre su vestido bastaba para hacer visible la contradicción.

Marcos, el novio, se acercó a ella.

—¿Sabías que faltaban 18.600 euros?

Alba tardó demasiado en contestar.

—Mi tía dijo que Lucía podía cubrirlos.

—¿Me dijiste que todo estaba pagado?

—Porque iba a estarlo.

—¿Con dinero de otra persona?

Alba miró a Carmen.

Fue suficiente.

Marcos pidió hablar con el coordinador del evento y con sus padres. Alba se volvió hacia Lucía.

—¿Estás contenta? ¿Esto era lo que querías?

—Quería que alguien me defendiera hace 10 años. Como nadie lo hizo, aprendí a defenderme yo.

Sergio subió al escenario.

—Dame la caja.

Lucía la cerró.

—No.

—¿Qué más hay dentro?

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