Diez años después de que Alba arruinara mi vestido con huevos, llegué a su boda y descubrí que pensaba convertir aquel recuerdo en el entretenimiento de la noche. «No montes un drama, Lucía», volvió a decir mi suegra. No respondí: abrí la caja azul y pedí que encendieran la pantalla. Dentro quedaban 3 documentos que Sergio aún no había visto.

—Tenía 27 años. Mi madre dijo que sería una broma.

—Y yo era tu mujer.

Hugo levantó la mirada.

—Papá, ¿tú sabías que iban a hacerlo?

Sergio respiró hondo.

—Los adultos también se equivocan.

—Entonces pide perdón. A mí me haces pedir perdón cuando hago algo mal.

Sergio miró alrededor.

—Lo siento, Lucía.

Ella sostuvo su mirada.

—¿Por qué? ¿Por haber callado, por haberlo sabido, por el dinero o porque hoy todos lo han escuchado?

Sergio no encontró respuesta.

Lucía ya no necesitó ninguna.

Alba corrió hacia ella.

—Dile a Marcos que esto no tiene nada que ver con nosotros.

—Tiene que ver con lo que has decidido hacer de adulta.

—Yo tenía 12 años.

—Sí. A los 12 merecías que los adultos te enseñaran que aquello estaba mal. Ese fue su fracaso. Pero hoy tienes 22 y sigues usando mi peor recuerdo para divertir a una sala entera. Eso ya es tu decisión.

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