Diez años después de que Alba arruinara mi vestido con huevos, llegué a su boda y descubrí que pensaba convertir aquel recuerdo en el entretenimiento de la noche. «No montes un drama, Lucía», volvió a decir mi suegra. No respondí: abrí la caja azul y pedí que encendieran la pantalla. Dentro quedaban 3 documentos que Sergio aún no había visto.

Las semanas siguientes fueron menos espectaculares y mucho más difíciles.

Sergio pidió volver, luego se enfadó y más tarde prometió cambiar. Lucía dejó de aceptar promesas sin hechos. Con ayuda de abogados organizaron provisionalmente la convivencia con Hugo, procurando que el niño no fuera utilizado como mensajero ni como arma emocional.

Durante ese periodo, Hugo dejó de preguntar quién tenía razón y empezó a preguntar cuándo volvería a sentirse normal. Lucía entendió que aquella era la pregunta más importante de todas. Lo llevó a sus entrenamientos de fútbol, mantuvo sus horarios y evitó hablar mal de Sergio delante de él.

Cuando Carmen llamaba para insistir en que «la familia debía arreglarse», Lucía respondía siempre lo mismo: arreglar una familia no era volver a colocar cada persona en el mismo sitio, sino impedir que los mismos daños se repitieran.

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