Diez años después de que Alba arruinara mi vestido con huevos, llegué a su boda y descubrí que pensaba convertir aquel recuerdo en el entretenimiento de la noche. «No montes un drama, Lucía», volvió a decir mi suegra. No respondí: abrí la caja azul y pedí que encendieran la pantalla. Dentro quedaban 3 documentos que Sergio aún no había visto.

—Tenemos un pequeño problema con el banquete. Faltan 18.600 euros. Sergio me ha dicho que quizá puedas adelantarlo.

Lucía giró la cabeza hacia su marido.

Él evitó mirarla.

—Después hablamos —murmuró.

—No —respondió ella—. Hoy vamos a hablar delante de todos los que llevan años opinando.

Carmen palideció, pero la música anunció la entrada al salón.

Durante la comida, la pantalla gigante comenzó a proyectar fotografías de Alba. De repente apareció la boda de Lucía.

El salón estalló en carcajadas cuando los huevos golpearon su vestido de hacía 10 años.

Alba alzó la copa desde la mesa principal.

—¡La mejor travesura de nuestra familia!

Hugo apretó la mano de su madre.

Antes de que Lucía pudiera levantarse, ocurrió algo que nadie había preparado.

Claudia, una niña de 10 años que llevaba las arras y que había escuchado durante toda la mañana la famosa historia, apareció detrás de Alba con un huevo que había cogido de la cocina. Quiso imitar la «tradición» familiar.

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