Diez años después de que Alba arruinara mi vestido con huevos, llegué a su boda y descubrí que pensaba convertir aquel recuerdo en el entretenimiento de la noche. «No montes un drama, Lucía», volvió a decir mi suegra. No respondí: abrí la caja azul y pedí que encendieran la pantalla. Dentro quedaban 3 documentos que Sergio aún no había visto.

El huevo se abrió sobre la falda blanca de la novia.

Algunos invitados rieron por reflejo.

Alba dejó la copa sobre la mesa y se volvió hacia la niña.

—¿Pero tú qué haces? ¡Me has estropeado el vestido! ¡Que la saquen de aquí!

Claudia empezó a llorar.

—Era una broma…

—¡No tiene ninguna gracia!

Entonces Hugo habló lo bastante alto para que lo escucharan las mesas cercanas.

—Ella tiene 10. Tú tenías 12.

El silencio se extendió por el salón.

Lucía vio cómo Carmen buscaba una salida con la mirada y cómo Sergio se llevaba una mano a la frente.

Alba se quedó inmóvil.

—No es lo mismo.

—¿Por qué? —preguntó Hugo—. A mi madre le dijisteis que sí era lo mismo.

Lucía se acercó a Claudia, pidió a una camarera que avisara a sus padres y comprobó que la niña estuviera tranquila.

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