A las dos de la mañana tocaron la puerta.
—Daniela, abre.
Mauricio.
Mi corazón reaccionó antes que mi cabeza.
Me acerqué, pero no abrí.
—Vete.
—¿Qué te pasa?
Casi me reí.
—Te escuché en la clínica.
Silencio.
Después preguntó:
—¿Quién te dijo?
No preguntó si estaba bien.
No preguntó qué había escuchado.
Preguntó quién lo había delatado.
—Nadie. Los escuché a ustedes.
Mauricio tardó unos segundos en responder.
—Daniela, estás exagerando.
—¿Exagerando? Me hicieron donar sangre para un accidente que nunca ocurrió.
—Fue una broma.
—¿Una broma?
—Nadie te obligó a donar.
Esa frase apagó algo dentro de mí.
—Tienes razón. Nadie me obligó.
Respiré profundamente.
—Terminamos.
Mauricio soltó una risa seca.
—No seas ridícula.
—Terminamos.
—¿Por esto? ¿Después de todo lo que hice por ti?
—¿Qué hiciste por mí?
Su respuesta llegó sin titubear.
—Te di un lugar en mi vida.