Laura estaba en el mostrador.
Cuando me vio, levantó las cejas.
—¿Se te olvidó algo ayer? —preguntó.
—No exactamente.
Me acerqué despacio, con una vergüenza que no sabía muy bien cómo explicar.
—Quería saber si don Manuel había vuelto.
Laura dejó de teclear.
Por un momento pensé que me iba a decir que eso no era asunto mío. Y seguramente habría tenido razón.
Pero no lo hizo.
Suspiró.
—Ha venido esta mañana muy temprano —dijo—. Solo para preguntar si el papel que le imprimí ayer era suficiente para enseñárselo a la compañía de la luz si hacía falta.
Me quedé quieto.
—¿Y qué le has dicho?
Laura bajó la voz.
—Que no necesitaba enseñárselo a nadie. Que solo era para que él estuviera tranquilo.
Luego miró hacia la impresora del fondo.
—Y me ha dado las gracias tres veces.