El anciano que ya no sabía demostrar quién era ante una pantalla

No sé por qué, pero aquello me dolió.

No porque hubiera pasado algo malo.

Sino porque un hombre de 84 años sentía que tenía que agradecer tres veces que alguien le explicara algo sin hacerlo sentir tonto.

Laura se apoyó un segundo en el mostrador.

—Ayer, después de que os fuerais, me quedé pensando —dijo—. No siempre soy así. Quiero decir… no siempre tengo paciencia.

No sonó a excusa.

Sonó a cansancio.

—Supongo que aquí cada día viene alguien enfadado —dije.

—Cada día —respondió—. Pero él no estaba enfadado. Estaba perdido. Y yo lo traté como si estuviera molestando.

Ninguno de los dos dijo nada durante unos segundos.

Detrás de mí, una señora revisaba unos papeles dentro de una carpeta azul. Un hombre miraba su reloj con cara de prisa. Alguien resopló porque la pantalla de turnos no avanzaba.

Todo seguía igual.

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