Pero yo ya no lo veía igual.
—Anoche hice una cosa —le dije a Laura.
Saqué del bolsillo unas hojas dobladas.
No era nada especial. Solo había escrito, con letra grande, una lista sencilla:
“Qué traer al banco.”
“Dónde guardar las cartas importantes.”
“Qué cosas no se deben decir a nadie por teléfono.”
“Preguntar antes de firmar.”
“Pedir ayuda sin vergüenza.”
No había claves. No había datos privados. No había instrucciones raras.
Solo sentido común escrito como si se lo explicara a mi abuelo.
Laura las leyó despacio.
—Esto está muy claro —dijo.
Me encogí de hombros.
—No sé si sirve de algo.
—Sirve —respondió.
Y entonces ocurrió algo que no esperaba.
Laura tomó una de las hojas, fue hasta la fotocopiadora y sacó varias copias.
—Voy a dejarlas en la mesa de espera —dijo—. Sin logos, sin nada. Solo como apoyo.