—¿Puedes hacer eso?
—Puedo dejar papeles informativos generales —contestó—. Mientras no prometan nada ni pidan datos, no pasa nada.
La miré colocar las hojas en una esquina, junto a unos bolígrafos sujetos con una cadena.
Era una tontería.
Un gesto pequeño.
Pero a veces los gestos pequeños son los únicos que caben en un día normal.
Me fui de allí pensando que quizá aquello terminaría ahí.
Una hoja en una mesa.
Una conversación.
Un anciano menos asustado.
Pero tres días después, mientras compraba pan en una tienda del barrio, escuché mi nombre.
—¡Daniel!
Me giré.
Don Manuel estaba en la puerta, con su gorra plana puesta y una bolsa de tela en la mano. Caminaba despacio, pero con la espalda tan recta como la primera vez que lo vi.
Sonrió al reconocerme.
—Hijo, qué alegría verte.
Me acerqué y le di la mano.