—¿Cómo está, don Manuel?
—Mejor —dijo—. Desde que tengo el papel en la carpeta buena, duermo más tranquilo.
La “carpeta buena”.
Me hizo sonreír.
—Rosario tenía una carpeta para cada cosa —explicó, como si hubiera leído mi pensamiento—. Luz, agua, médico, banco, garantía de la lavadora… Todo con etiquetas. Yo antes me reía y le decía que parecía una oficina.
Bajó la mirada un segundo.
—Ahora daría lo que fuera por preguntarle dónde guardó algunas cosas.
No supe qué decir.
Hay dolores que no piden respuesta.
Solo piden que uno no mire hacia otro lado.
Don Manuel señaló un bar pequeño al otro lado de la calle.
—¿Tienes cinco minutos? Te invito a un café.
Iba a decir que no.
Tenía cosas que hacer. O eso creía.
Pero luego recordé mi propia prisa de la semana anterior.