El anciano que ya no sabía demostrar quién era ante una pantalla

Tenía la tapa marrón, las esquinas gastadas y una goma vieja que ya casi no cerraba.

—La encontré anoche —dijo.

La abrió con cuidado.

Dentro había números de teléfono, fechas, nombres de médicos, citas antiguas y notas escritas con una letra redonda y ordenada.

En varias páginas aparecía el mismo nombre.

Rosario.

No como firma.

Sino como presencia.

“Manuel, llamar para revisar recibo.”

“Manuel, guardar aquí la carta del banco.”

“Manuel, no tirar este papel.”

Tragué saliva.

—Ella lo tenía todo controlado —dijo él—. Yo pensaba que esas cosas salían solas. La casa limpia. Las cuentas en orden. Las citas apuntadas. La ropa en su sitio. La comida hecha.

Sonrió con tristeza.

—Qué ignorante fui.

—Seguro que usted también hacía mucho —dije.

—Trabajaba —respondió—. Y trabajé duro. Pero eso no me hace menos ignorante en otras cosas.

Miró por la ventana.

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