El anciano que ya no sabía demostrar quién era ante una pantalla

Esa prisa que no iba a ninguna parte importante.

—Sí —dije—. Tengo cinco minutos.

Entramos.

El bar olía a café recién hecho y pan tostado. Había dos mesas ocupadas, una televisión baja de volumen y un camarero limpiando vasos detrás de la barra.

Nos sentamos junto a la ventana.

Don Manuel pidió un café solo. Yo pedí uno con leche.

Durante un rato hablamos de cosas normales.

Del barrio.

De las obras de una calle cercana.

De lo caro que estaba todo.

De que antes la gente conocía al cartero, al panadero y al señor que arreglaba persianas.

No lo decía con rabia.

Lo decía con una nostalgia tranquila.

Como quien sabe que el mundo cambia, pero aun así echa de menos algunas formas de tratarse.

Después sacó de su bolsa una libreta pequeña.

La puso sobre la mesa.

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