—Cuando murió Rosario, la gente me decía: “Ahora tiene que aprender a estar solo”. Pero nadie me dijo que también tenía que aprender a demostrar que soy yo.
Aquella frase se me quedó dentro.
Demostrar que soy yo.
Con documentos.
Con claves.
Con códigos.
Con preguntas de seguridad.
Con una voz grabada que dice: “pulse uno, pulse dos, pulse tres”.
Y si te equivocas, vuelta a empezar.
Don Manuel cerró la libreta.
—Mi hija me llama todos los domingos —dijo—. Es buena hija. Pero tiene su vida. Sus hijos. Su trabajo. Vive a muchas horas de aquí. Yo no quiero que piense que soy una carga.
—Pedir ayuda no es ser una carga —le dije.
Me miró con una mezcla de ternura y cansancio.
—Eso lo dices porque tienes 27 años.
Me reí un poco.
—Puede ser.
—Cuando llegues a mi edad, entenderás que uno no solo pierde fuerza. También pierde la confianza para preguntar.