El anciano que ya no sabía demostrar quién era ante una pantalla

No hizo falta que dijera más.

Porque lo entendí.

Pensé en mi abuelo otra vez. En todas las veces que me llamó para preguntarme cómo borrar una notificación. En mi tono impaciente. En mi “luego te llamo”. En mis respuestas rápidas, como si su duda me robara tiempo.

Y de pronto me dio vergüenza no solo por lo de don Manuel.

Me dio vergüenza por todo lo que yo había normalizado.

Antes de irnos, don Manuel me pidió un favor sencillo.

No quería que le instalara nada.

No quería que le tocara ninguna cuenta.

Solo quería que le ayudara a ordenar las cartas que no entendía.

—Nada privado —dijo enseguida—. Solo separarlas. Las importantes de las que no sirven.

Fuimos a su casa esa misma tarde.

Vivía en un tercer piso con ascensor antiguo, en un edificio de ladrillo donde los vecinos todavía se saludaban en la escalera.

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