La casa olía a jabón, a madera vieja y a sopa recién hecha.
En la entrada había una foto de Rosario.
No era una foto de estudio. Era una foto sencilla, de una mujer sonriendo en una comida familiar, con una servilleta en la mano y los ojos llenos de vida.
Don Manuel la miró al pasar.
—Hoy viene visita, Rosario —murmuró.
Lo dijo tan bajito que fingí no escucharlo.
En la mesa del comedor tenía tres montones de cartas.
Uno enorme.
Uno mediano.
Uno pequeño.
—No sabía por dónde empezar —confesó.
Nos sentamos.
Yo no abrí nada que él no quisiera abrir. No leí nada que no me enseñara. No apunté datos. No toqué tarjetas. Solo le fui diciendo:
—Esto parece publicidad.
—Esto es una cita médica antigua.
—Esto conviene guardarlo porque tiene fecha reciente.
—Esto mejor llévelo mañana al banco para que se lo expliquen allí.