El anciano que ya no sabía demostrar quién era ante una pantalla

Don Manuel escuchaba con atención.

Cada vez que entendía algo, hacía una marca en la esquina con un lápiz.

No era rápido.

Pero era suyo.

A mitad de la tarde, me enseñó una caja de galletas metálica.

Dentro había fotos.

Rosario joven.

Don Manuel con casco de obra.

Una niña con trenzas que supuse que era su hija.

Navidades.

Playas.

Cumpleaños.

Una vida completa metida en una caja que antes había tenido dulces.

—Mira —dijo, señalando una foto—. Aquí tenía tu edad.

En la imagen, don Manuel aparecía subido a un andamio, delgado, moreno, con una sonrisa enorme y los brazos llenos de polvo.

Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia. Me costó unir aquel joven con el anciano que tenía delante.

Y quizá ese era el problema.

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