El anciano que ya no sabía demostrar quién era ante una pantalla

Que a veces miramos a una persona mayor y solo vemos lo último.

La lentitud.

Las arrugas.

Las dudas.

La letra temblorosa.

No vemos al hombre que levantó paredes. A la mujer que sostuvo una familia. A la persona que cruzó décadas antes de llegar a esa silla.

—Usted era guapo, don Manuel —dije.

Se echó a reír.

Una risa corta, sorprendida, casi de niño.

—No se lo digas a Rosario, que se pone celosa.

Luego se quedó en silencio.

Y por primera vez, no me pareció un silencio incómodo.

Me pareció una forma de estar con ella.

Al día siguiente, acompañé a don Manuel otra vez a la sucursal.

No entré con él como salvador.

No era eso.

Entré a su lado.

Que es distinto.

Laura lo recibió por su nombre.

—Buenos días, don Manuel.

El anciano levantó un poco la barbilla.

—Buenos días, Laura.

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