Ese simple intercambio cambió algo en su cara.
No mucho.
Pero lo suficiente para que yo lo notara.
Laura revisó con él las cartas que había llevado. Le explicó cuáles debía guardar, cuáles no tenían importancia y cómo podía pedir ciertos documentos en papel cuando los necesitara.
Lo hizo despacio.
Sin hablarle como a un niño.
Sin poner esa cara de “esto ya debería saberlo”.
Y entonces vi que en la mesa de espera ya no había solo mis hojas.
Había una carpeta transparente con varias copias ordenadas.
En la portada, Laura había escrito con rotulador:
“Para quienes prefieren papel.”
Nada más.
Ni moderno ni antiguo.
Ni listo ni torpe.
Solo una frase digna.
Aquella mañana, una señora de pelo blanco se acercó a la carpeta y tomó una hoja. Luego otra persona hizo lo mismo. Después un hombre mayor se sentó a leerla con las gafas en la punta de la nariz.