Don Manuel lo vio.
Y sonrió.
—Mira —me dijo en voz baja—. Al final no era yo solo.
No.
No era él solo.
Nunca lo había sido.
Solo que muchos habían aprendido a callarse para no molestar.
Las semanas siguientes, algo pequeño empezó a moverse en el barrio.
No salió en ningún sitio.
Nadie hizo una campaña.
Nadie lo llamó proyecto.
Simplemente, los jueves por la mañana, Laura reservaba unos minutos más para atender a personas mayores que necesitaban explicaciones con calma.
No para operar por ellos.
No para hacerles la vida desde fuera.
Solo para mirarles a la cara, hablar claro y repetir lo necesario sin hacerles sentir una carga.
El primer jueves fueron tres.
El segundo, cinco.
El tercero, apareció una mujer con una carpeta llena de recibos y dijo:
—Me han dicho que aquí no se ríen si una no entiende.