El anciano que ya no sabía demostrar quién era ante una pantalla

Laura se quedó muy seria.

—Aquí no nos reímos de eso —respondió.

Y yo, que estaba sentado esperando a don Manuel, sentí que algo se me aflojaba dentro.

A veces pensamos que cambiar algo exige una heroicidad.

Pero muchas veces empieza con una frase dicha a tiempo.

Con una silla ofrecida.

Con un papel impreso.

Con unos auriculares que alguien se quita.

Yo seguí viendo a don Manuel de vez en cuando.

Algunos días tomábamos café.

Otros solo nos saludábamos por la calle.

Una tarde me llamó desde el teléfono antiguo.

—Daniel, soy Manuel.

—Lo sé, don Manuel. Tengo guardado su número.

Se quedó callado un segundo.

—Ah —dijo—. Qué moderno eso.

Me reí.

Quería preguntarme si podía pasar por su casa el domingo siguiente. Su hija venía de visita con los nietos y él quería enseñarles las fotos ordenadas.

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