La frase quedó flotando.
Clara se levantó y abrazó a su padre por detrás.
No fue un abrazo de película.
Fue torpe.
Rápido al principio.
Luego más largo.
Don Manuel cerró los ojos y puso una mano sobre el brazo de su hija.
No dijeron nada.
No hacía falta.
Los nietos empezaron a hacer preguntas.
Dónde fue esa playa.
Quién era aquel hombre con bigote.
Por qué el abuelo llevaba casco.
Si la abuela cocinaba bien.
Si era verdad que una vez se enfadó tanto que dejó a todos sin postre.
Don Manuel hablaba despacio.
Pero hablaba como alguien que volvía a tener un lugar en la mesa.
Yo me quedé en una esquina, con mi café en la mano, sintiendo que quizá la dignidad también se parece a eso:
A que alguien te pregunte.
A que alguien escuche la respuesta entera.