Nadie respondió.
Fue entonces cuando me quité los auriculares.
No porque yo fuera especialmente bueno. Me los quité porque me sentí pequeño. Porque pensé en mi abuelo, que se ponía nervioso cada vez que tenía que usar una máquina para sacar un billete. Porque recordé todas las veces que le dije: “Abuelo, pero si es facilísimo”.
Claro que era fácil.
Para mí.
Me acerqué un paso.
—Perdone —dije—. Si don Manuel quiere, puedo ayudarle un momento.
El anciano se giró enseguida.
—No hace falta, hijo. No quiero molestar.
—No molesta —le dije—. De verdad.
Nos apartamos a una mesa pequeña que había junto a la pared. Don Manuel puso la tarjeta sobre la mesa con mucho cuidado. Luego dejó al lado el papel viejo con los números borrosos.
Yo le fui preguntando despacio. Si tenía correo. No tenía. Si recordaba alguna clave. No la recordaba. Si alguien le ayudaba en casa con estas cosas. Bajó los ojos.