—Mi hija vive lejos —dijo—. Viene cuando puede. Y Rosario… Rosario era la que guardaba las carpetas, las cartas, los recibos. Yo trabajaba con las manos. Ella sostenía la casa con papeles.
Se me cerró la garganta.
No podía resolverle la vida. Tampoco iba a tocar nada raro ni a hacer nada que no debiera. Así que volví con él al mostrador y le expliqué a Laura que don Manuel no necesitaba operar ni mover dinero. Solo necesitaba un extracto impreso y una forma sencilla de recibirlo en adelante.
Laura se quedó callada unos segundos.
Luego su cara cambió.
No mucho. Solo lo suficiente.
Revisó su documentación, comprobó sus datos y buscó una opción en el sistema. Después se levantó y fue hasta una impresora al fondo.
La máquina soltó una hoja.
Una sola hoja.
Pero para don Manuel fue como si le devolvieran una parte de su vida.