Yo seguía con el móvil en la mano. Tenía mensajes sin importancia, vídeos que podía ver luego, notificaciones que no me cambiaban la vida. Y delante de mí había un hombre que solo quería saber si podía pagar sus recibos ese mes.
Laura le dijo que podía pedir una nueva clave, que tardaría unos días. También le habló de activar otra forma de acceso, de recibir códigos, de entrar con correo electrónico.
Don Manuel la escuchaba con atención, pero cada palabra parecía alejarlo más.
Hasta que levantó la cabeza y dijo:
—Señorita, yo he sido cliente de este banco más años de los que usted lleva viva. Antes entraba aquí y me llamaban por mi nombre. Sabían que era Manuel, que trabajé de albañil, que mi mujer se llamaba Rosario y que todos los meses venía a mirar lo mismo. Ahora parece que, si no tengo una contraseña, no soy nadie.