El anciano que ya no sabía demostrar quién era ante una pantalla

—Gracias, Daniel —me dijo—. Hoy me ha tratado como si yo todavía estuviera aquí.

No supe qué contestar.

Solo dije:

—Usted está aquí, don Manuel.

Y entonces sonrió. Poco, pero sonrió.

Volví a casa pensando en lo rápido que hemos hecho el mundo. Todo con claves, códigos, aplicaciones, pantallas y avisos que caducan en treinta segundos.

Y sí, muchas cosas son más cómodas ahora.

Pero una sociedad no debería medirse solo por lo rápido que avanza.

También debería medirse por la forma en que espera a los que caminan más despacio.

Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia. Al día siguiente volví a la misma sucursal.

No tenía que hacer ninguna gestión. No tenía cita. Ni siquiera tenía una excusa decente.

Solo tenía una frase clavada en la cabeza:

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