El anciano que ya no sabía demostrar quién era ante una pantalla

La cogió con las dos manos. Leyó despacio. Sus ojos se detuvieron en una línea.

La pensión estaba ingresada.

Cerró los ojos un segundo.

—Entonces este mes puedo pagar la luz —susurró.

Laura bajó la mirada.

Yo miré aquel papel y entendí algo que no había entendido nunca. Para mí, un extracto era una tontería. Un dato en una pantalla. Para él era tranquilidad. Era saber que todavía tenía cierto control sobre su casa, sus recibos, su mes.

Laura le explicó que podía pedir que le enviaran los extractos por carta. No era lo más moderno. No era lo más rápido. Pero era algo que él podía entender.

Don Manuel asintió.

—El papel no me da miedo —dijo—. Las pantallas sí.

Cuando salimos de la sucursal, me dio la mano. Tenía una mano áspera, fuerte, de hombre que había trabajado toda la vida sin presumir de ello.

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