Mariana revisó la barrera del noroeste y encontró que seguía haciendo exactamente lo que Daniel había prometido: el viento atravesaba los huecos, perdía fuerza y dejaba buena parte de la nieve antes de alcanzar la casa.
No era una pared.
Era una forma distinta de resistir.
Al cuarto día, poco antes del anochecer, Canelo comenzó a ladrar.
Mariana salió pensando que algún animal se había acercado al corral.
Entonces vio un caballo subiendo por el camino.
Daniel regresaba.
No traía un séquito.
No traía muebles nuevos.
No traía una carreta llena de regalos.
Llevaba comida, algunas provisiones necesarias y madera suficiente para las reparaciones que ambos ya habían acordado hacer.
Mariana miró la carga.
—¿Cuánto costó eso?
Daniel desmontó.
—Lo que cuesta.
—Daniel.
Él suspiró.
—La madera salió del aserradero.
—Eso no responde mi pregunta.
—Entonces anótala como deuda del rancho y págala cuando puedas.