Pero tampoco era un rechazo.
Cuando llegó marzo, todavía quedaban montones de nieve en las zonas donde casi no daba el sol, aunque el techo ya goteaba por el deshielo y la tierra comenzaba a aparecer alrededor de los postes.
El Rancho Haro seguía endeudado.
El granero seguía viejo.
Las once vacas seguían necesitando alimento.
Adela seguía cansándose más rápido de lo que cualquiera quería admitir.
Nada se había convertido mágicamente en riqueza.
Y, sin embargo, algo esencial había cambiado.
Mariana ya no veía a Daniel como el desconocido sin un centavo que había aceptado por necesidad.
Tampoco lo veía como el hombre rico capaz de rescatarla.
Lo veía como alguien que había tenido una puerta abierta hacia una vida más fácil y había regresado por el mismo camino cubierto de nieve.