Él había dicho que no tenía tierra allí.
Era verdad.
Había dicho que no tenía caballo.
También era verdad.
Había dicho que no tenía dinero que valiera la pena mencionar.
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Aquello era lo que ahora se sentía distinto.
—¿Cuántas veces? —preguntó Mariana.
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
—Dijiste que podrías comprar este rancho muchas veces. ¿Cuántas?
El jinete bajó la vista.
Daniel respondió sin adornos.
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—Probablemente unas veinte.
Adela soltó el aire desde la puerta.
Mariana permaneció inmóvil.
Veinte veces.
Durante catorce meses ella había contado cada costal de alimento, cada tabla reutilizable y cada moneda destinada a una deuda que parecía sobrevivir a todos sus esfuerzos.
Había remendado cercas con madera torcida porque comprar material nuevo significaba retrasar otro pago.
Había aprendido a calcular cuánto podía comer una vaca sin dejar el potrero desnudo antes de enero.
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