Entró a la casa con la regla en la mano.
Daniel permaneció afuera.
Aquella noche no compartieron la mesa.
Mariana sirvió sopa para ella y Adela mientras Daniel comía en el granero, igual que durante sus primeros días en el rancho.
Era una diferencia pequeña, pero ambos entendieron lo que significaba.
El matrimonio seguía existiendo.
La confianza no estaba en el mismo sitio.
Adela esperó hasta que Mariana terminó de lavar los platos.
—¿Quieres que te diga lo que pienso?
—No.
—Entonces no te lo diré.
Mariana secó una cuchara.
Pasaron tres segundos.
—¿Qué piensas?
Adela escondió una sonrisa cansada.
—Que tienes razón en estar enojada.
Mariana esperó.
—Y que tener razón no te obliga a tomar una decisión esta noche.
Eso fue todo.
A la mañana siguiente Daniel ya había partido la leña antes de que Mariana saliera.
No se acercó a la cocina.