—Sí tenías. Podías gritar.
No encontré una respuesta rápida.
El niño sonrió apenas.
—También escucho bien cuando la gente no contesta.
Y se fue antes de que pudiera defenderme.
Esa noche preparé la cena con más chile del que habría admitido que ya podía soportar.
Santiago se dio cuenta.
—Ya no hace caras.
—Claro que hago caras.
—Menos.
Mateo nos observaba desde la mesa.
Por un momento, el rancho volvió a sentirse como un hogar en lugar de un lugar sitiado.
Después alguien golpeó la puerta.
Los tres nos quedamos quietos.
Mateo se levantó primero.
Era el hombre que había hecho la última entrega de alimento.
No llegó con discursos ni con respuestas perfectas.
Llegó nervioso.
Traía en la mano una copia arrugada de su registro de entrega.
Dijo que Mateo había llamado preguntando por el lote y que, al revisar sus notas, había encontrado algo extraño.