No anunciamos compras.
No dejamos alimento afuera.
Movimos herramientas.
Cerramos accesos que antes permanecían abiertos durante el día.
Mateo revisó personalmente cada entrega.
Yo llevé un registro sencillo de agua, alimento y ganado.
Nada sofisticado.
Nada heroico.
Solo suficiente para que cualquier anomalía dejara de esconderse dentro del desorden.
Y ocurrió algo que Rogelio probablemente no había previsto.
El rancho empezó a mejorar.
Las vacas separadas respondieron al cambio de alimento y agua.
Las pérdidas dejaron de acumularse al mismo ritmo.
Reparamos el techo del establo por secciones, usando lo que ya había antes de comprar más material.
Mateo renegoció algunas entregas y vendió equipo que llevaba años sin usar.
Yo no hice ningún milagro.
Él tampoco.
Simplemente dejamos de perder por cinco agujeros distintos al mismo tiempo.
Febrero llegó con noches duras y mañanas blancas.
Una madrugada encontré a Mateo afuera del establo, mirando el cielo.