Rogelio sonrió.
—A ver.
—¿Cómo supo que la deuda vence en abril?
La sonrisa permaneció, pero tardó demasiado en responder.
—Todo el mundo sabe que Mateo está quebrado.
—Eso no fue lo que pregunté.
—Los ranchos hablan.
—Los ranchos no leen contratos.
Mateo giró hacia mí.
Rogelio dejó de mirarme y se concentró en él.
—No necesitas esto, Mateo. Véndeme antes de que el banco te quite hasta las botas.
—No está en venta.
—Todavía.
Rogelio regresó a su camioneta.
Antes de subir, miró el establo, los potreros y finalmente la casa.
No lo hizo como visitante.
Lo hizo como alguien calculando medidas.
Cuando se fue, Mateo soltó el aire.
—Casi le pego.
—Eso quería.
—¿Y tú cómo sabes qué quería?
—Porque llevo años viendo a hombres confundirse cuando una mujer no reacciona de la forma que esperaban.
Mateo me miró.
—Eso sonó como algo que aprendiste con Emil.
El nombre de mi esposo me atravesó de una manera distinta a otras veces.
—No. Emil nunca me hizo daño.
—No quise decir…
—Lo sé.
Empujé la carretilla unos metros antes de añadir:
—Lo aprendí después de que murió.
Mateo no hizo más preguntas.
Esa tarde Santiago me encontró reparando una sección de cerca.
—Papá dice que Rogelio quiere comprar el rancho.
—Tu papá habla demasiado cuando cree que no estás escuchando.
—Yo escucho bien.
—Ese es parte del problema.
Me alcanzó unas grapas.
—¿Nos vamos a tener que ir?
Clavé una antes de responder.
—No lo sé.
—Siempre dices eso.
—Porque inventarte una respuesta bonita no la convertiría en verdad.
Santiago pateó un poco de tierra.
—Mi mamá decía que papá era malo para pedir ayuda.
—Tu mamá parecía una mujer lista.
—Sí.
Se quedó mirándome trabajar.
—Tú también eres mala para pedir ayuda.
Me detuve.
—¿Perdón?
—Cuando se cayó la alfalfa encima de ti, saliste sola.
—No tenía muchas opciones.
—Sí tenías. Podías gritar.
No encontré una respuesta rápida.
El niño sonrió apenas.
—También escucho bien cuando la gente no contesta.
Y se fue antes de que pudiera defenderme.
Esa noche preparé la cena con más chile del que habría admitido que ya podía soportar.
Santiago se dio cuenta.
—Ya no hace caras.
—Claro que hago caras.
—Menos.
Mateo nos observaba desde la mesa.