El Lodo Rojo Reveló Quién Quería Arrebatarles El Rancho-lbsuong

Por un momento, el rancho volvió a sentirse como un hogar en lugar de un lugar sitiado.

Después alguien golpeó la puerta.

Los tres nos quedamos quietos.

Mateo se levantó primero.

Era el hombre que había hecho la última entrega de alimento.

No llegó con discursos ni con respuestas perfectas.

Llegó nervioso.

Traía en la mano una copia arrugada de su registro de entrega.

Dijo que Mateo había llamado preguntando por el lote y que, al revisar sus notas, había encontrado algo extraño.

La cantidad cargada al salir coincidía con la factura.

Pero cuando llegó al rancho, las pacas que descargó ya estaban acomodadas de manera distinta a como recordaba haberlas cargado.

En ese momento no le dio importancia.

Ahora sí.

—¿Se detuvo en algún lugar? —pregunté.

El hombre dudó.

—En el camino me hicieron señas.

Mateo se inclinó hacia adelante.

—¿Quién?

—Bruno.

Santiago dejó de comer.

El hombre explicó que Bruno estaba junto a otra camioneta y dijo que necesitaba revisar una paca que supuestamente venía mal amarrada.

El chofer bajó.

Hablaron unos minutos.

Nada más.

Eso era lo que él creía.

—¿Y después?

—Seguí hasta aquí.

—¿Bruno tocó la carga?

—Sí.

La cocina pareció hacerse más pequeña.

No porque aquella explicación resolviera todo.

Porque por primera vez una persona ajena a nosotros colocaba a Bruno directamente junto al alimento antes de que llegara al rancho.

Mateo tomó la copia del registro.

—¿Estás seguro de que era él?

—Lo conozco desde hace años.

El hombre asintió una sola vez.

Cuando se marchó, Mateo apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Ya lo tenemos.

—Tenemos una parte —corregí.

—Es suficiente para demostrar que estuvo con la carga.

—No demuestra quién puso combustible en el agua. Ni quién disparó. Ni quién cortó la cuerda.

—Todo apunta al mismo lugar.

—Apuntar no es lo mismo que llegar.

Mateo golpeó la mesa con la palma.

Santiago se sobresaltó.

Mateo lo vio y bajó la voz de inmediato.

—¿Entonces qué quieres hacer?

Miré la cuerda cortada, que todavía seguía sobre una repisa porque Santiago había insistido en conservarla.

—Quiero que dejen de decidir nuestros movimientos.

Nuestros.

La palabra salió antes de que pudiera corregirla.

Mateo también la escuchó.

No dijo nada.

Al día siguiente cambiamos la rutina.

No anunciamos compras.

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