No dejamos alimento afuera.
Movimos herramientas.
Cerramos accesos que antes permanecían abiertos durante el día.
Mateo revisó personalmente cada entrega.
Yo llevé un registro sencillo de agua, alimento y ganado.
Nada sofisticado.
Nada heroico.
Solo suficiente para que cualquier anomalía dejara de esconderse dentro del desorden.
Y ocurrió algo que Rogelio probablemente no había previsto.
El rancho empezó a mejorar.
Las vacas separadas respondieron al cambio de alimento y agua.
Las pérdidas dejaron de acumularse al mismo ritmo.
Reparamos el techo del establo por secciones, usando lo que ya había antes de comprar más material.
Mateo renegoció algunas entregas y vendió equipo que llevaba años sin usar.
Yo no hice ningún milagro.
Él tampoco.
Simplemente dejamos de perder por cinco agujeros distintos al mismo tiempo.
Febrero llegó con noches duras y mañanas blancas.
Una madrugada encontré a Mateo afuera del establo, mirando el cielo.
—Vas a congelarte —le dije.
—Tú dijiste que habías vivido cosas peores que la nieve.
—Yo. Tú no eres noruego.
Sonrió.
Fue una sonrisa pequeña, casi oxidada.
Me ofreció café de un termo.
—¿Por qué te quedaste en México después de que murió Emil?
Era una pregunta que mucha gente me había hecho.
Casi todos esperaban una respuesta sentimental.
No la tenía.
—Porque irme habría significado aceptar que mi vida aquí solamente existía por él.
Mateo bajó la vista hacia el café.
—Entiendo eso.
—¿Sí?
—Durante años pensé que mantener el rancho exactamente como Laura lo dejó era una forma de seguir siendo su esposo.
Miró hacia la casa.
—Tal vez solamente era una forma de no aceptar que tenía que convertirme en otra cosa.
No lo abracé.
No hacía falta.
Nos quedamos allí hasta que Santiago apareció en la puerta con una chamarra encima de la pijama.
—Tengo hambre.
Mateo resopló.
—Qué momento tan conmovedor elegiste para eso.
—¿Hay huevos?
Yo empecé a reír.
Mateo también.
Y durante unos segundos el invierno dejó de pesar.
Rogelio no volvió a presentarse personalmente.
Bruno tampoco.
Eso no significaba que hubieran desaparecido.
Pero la diferencia era que ya no podían tocar una parte del rancho sin que alguien lo notara.
La amenaza dejó de sentirse invisible.
Y con eso perdió parte de su fuerza.
En marzo, Mateo reunió todo lo que había conservado: la factura, la etiqueta del lote, la cuerda cortada, el registro de entrega y las fechas de los daños.