El médico me ordenó apartarme del respirador de un soldado que se estaba muriendo; para él, yo era solo una enfermera. Pero cuando reconocí aquel silbido, supe que mi pasado había llegado hasta esa cama y ya no podía callarlo.

La niña me observó muy seria.

—¿También le das medicina aunque haga caras?

Solté una carcajada.

—Sobre todo cuando hace caras.

Lucía empezó a llorar mientras se reía.

Nos quedamos durante las mañanitas. Mateo las cantó apenas en un susurro.

Yo había escuchado aquel canto cientos de veces.

Nunca me había parecido tan hermoso.

Los cambios en el hospital llevaron más tiempo que la disculpa.

Hubo sesiones de capacitación, inventarios incompletos y horarios que tuvimos que reorganizar. Iván descubrió que faltaban documentos de otro equipo donado. Esta vez lo informó antes de que se utilizara.

Salcedo firmó la solicitud de formación adicional.

Yo participé en las revisiones, aunque seguí trabajando como enfermera. No quería abandonar una profesión para que la otra fuera tomada en serio.

Algunas tardes terminaba agotada. Otras me sorprendía hablando de mi experiencia sin sentir que estaba abriendo una herida.

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