El médico me ordenó apartarme del respirador de un soldado que se estaba muriendo; para él, yo era solo una enfermera. Pero cuando reconocí aquel silbido, supe que mi pasado había llegado hasta esa cama y ya no podía callarlo.

Yo salí para darles unos minutos.

En el pasillo me alcanzó Teresa.

—¿Estás bien?

Quise contestar que sí.

En cambio, me tapé la cara con ambas manos.

Ella me abrazó sin pedirme explicaciones.

Había pasado años convencida de que mantener la calma significaba no necesitar a nadie.

Aquella tarde dejé que una compañera me sostuviera.

El domingo hicimos una videollamada.

Lucía colocó el teléfono frente a Mateo. Del otro lado apareció una niña con una corona de cartón torcida.

—¡Papá! ¿Ya vienes?

Él tragó saliva.

—Todavía no, mi amor. Pero te estoy viendo.

La niña acercó tanto la cara a la cámara que solo se le veía un ojo.

—Te guardé una rebanada grande.

Mateo se rio y terminó tosiendo. Esperamos a que se recuperara.

Yo iba a salir cuando él levantó la mano.

—Mira, hija. Ella es Clara. Me ha cuidado mucho.

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