El médico me ordenó apartarme del respirador de un soldado que se estaba muriendo; para él, yo era solo una enfermera. Pero cuando reconocí aquel silbido, supe que mi pasado había llegado hasta esa cama y ya no podía callarlo.

Una noche, Iván me encontró guardando mis cosas.

—¿Cómo aprendiste a estar tan tranquila cuando todo sale mal?

Miré mis manos.

—No estaba tranquila.

Frunció el ceño.

—Parecía que sí.

—Tenía mucho miedo. Solo sabía cuál era la siguiente cosa que debía hacer.

Se quedó pensando.

Después me ayudó a cerrar el armario.

Mateo recibió el alta semanas más tarde.

Antes de irse, pasó por la estación de enfermería con Lucía. Caminaba despacio, todavía más delgado de lo que debía, pero llevaba su propia bolsa.

Me entregó un sobre.

Adentro había un dibujo: una cama, un hombre sonriente y una mujer de cabello corto junto a una máquina enorme.

La mujer tenía una raya roja en la mano derecha.

Debajo, con letras desiguales, decía:

“Gracias por dejar que mi papá vuelva”.

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