El médico me ordenó apartarme del respirador de un soldado que se estaba muriendo; para él, yo era solo una enfermera. Pero cuando reconocí aquel silbido, supe que mi pasado había llegado hasta esa cama y ya no podía callarlo.

Recorrí aquella frase con el pulgar.

Mateo miró mi cicatriz.

—Mi hija se fija en todo.

—Ya vi.

No pude decir mucho más.

Él tampoco lo necesitó.

Cuando salí del hospital esa tarde, me senté unos minutos antes de arrancar el coche. Dejé el dibujo sobre mis piernas y extendí la mano al lado de aquella pequeña figura.

Durante años había visto en mi cicatriz todo lo que quería olvidar.

Una niña que ni siquiera me conocía había dibujado algo distinto.

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