—Está en el almacén.
—Mándalo pedir ahora.
Salcedo se volvió hacia mí.
—Apártese. Necesitamos trabajar.
No me moví.
Al otro lado de la cama, mi compañera sostenía el apoyo respiratorio. Su frente estaba cubierta de sudor. Mateo seguía inestable.
Iván me miró con angustia.
—Clara, no podemos improvisar. Tú no tienes formación para intervenir este equipo.
Sentí tirante la vieja cicatriz.
Durante ocho meses había evitado hablar de mi pasado.
Pero un hombre estaba luchando por respirar delante de mí.
Le sostuve la mirada al técnico.
—Entonces escúchame bien: antes de ser enfermera, pasé diez años manteniendo estos respiradores en lugares donde, cuando fallaban, no había nadie más a quien llamar.
Iván dejó de mirar el teléfono.
—¿En qué lugares?
—En unidades médicas de campaña. Después te cuento. Primero necesitamos el estuche y el procedimiento de comprobación.