El médico me ordenó apartarme del respirador de un soldado que se estaba muriendo; para él, yo era solo una enfermera. Pero cuando reconocí aquel silbido, supe que mi pasado había llegado hasta esa cama y ya no podía callarlo.

La cifra de oxigenación empezó a bajar.

Mateo abrió los ojos, desorientado. Sus dedos atraparon los míos con una fuerza desesperada.

—Estoy aquí —le dije—. No estás solo.

El médico regresó corriendo.

En segundos, la habitación se llenó de voces. Mi compañera preparó el apoyo respiratorio de respaldo mientras el equipo médico se hacía cargo de mantenerlo ventilado. Otro enfermero salió a buscar un respirador de reemplazo.

Iván llegó empujando su carro de herramientas.

Miró el aparato, después su teléfono.

—No reconoce el error completo.

Yo observaba la carcasa lateral.

La conocía. Conocía sus cierres, el orden de las comprobaciones y el lugar donde se guardaba el módulo de repuesto.

También conocía lo que podía ocurrir si perdíamos tiempo tratando aquella falla como si fuera un misterio.

—Iván, trae el estuche de recambios de este modelo. El que llegó con la donación.

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