«El río se llevó mi casa y usted vive solo. Déjenos quedarnos esta noche», le pedí al anciano, con mi bebé en brazos y mi hijo de 8 años cubierto de lodo. Don Aurelio aceptó con una condición: al amanecer debíamos irnos, pero nos abrió el cuarto de su esposa fallecida, cerrado desde hacía 30 años. Cuando despertó y encontró café caliente, tortillas recién hechas y su cocina transformada, tendría que decidir si recuperaba su vieja soledad… o rompía la promesa de echarnos.

—Nomás tenga cuidado, tío. Después no diga que no le advertí.
Cuando se marchó, ofrecí buscar otro lugar.
—No quiero separarlo de su familia.
Don Aurelio me tomó del hombro.
—Familia es quien se queda cuando uno necesita ayuda, Petronila.
Aquellas palabras me hicieron llorar.
Pero 3 días después, Rogelio regresó acompañado de un abogado y un representante de la autoridad municipal.
Traía una acusación por escrito.
Según él, yo había robado unas joyas familiares.
Y exigía que revisaran nuestras pertenencias antes de llevarme a declarar.
Me encantaría leer sus comentarios antes de continuar con la parte 3.
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