Don Aurelio tenía los ojos húmedos.
—Todavía no soy tu abuelo, chamaco.
—Pero podría serlo —respondió Mateo.
El anciano se volvió hacia sus macetas para ocultar la cara.
Aquella tarde lo escuché reír por primera vez.
Pasaron 2 semanas. Lucerito comenzó a extenderle los brazos cada vez que lo veía, y él terminó aprendiendo a cargarla mientras permanecía sentado en su mecedora.
Yo empezaba a sentir que podíamos reconstruir nuestra vida.
Entonces apareció Rogelio.
Era sobrino de don Aurelio, hijo de su hermano menor. Llegó montado en un caballo bien cuidado, con botas relucientes y una mirada que recorrió toda la propiedad.
—Tío, ¿desde cuándo recoge desconocidos?
Don Aurelio endureció el rostro.
—Desde que algunos parientes dejaron de visitarme.
Rogelio me observó con desprecio.
—Una viuda sin casa y con 2 hijos. Qué conveniente encontrar a un viejo con tierras.
Sentí la cara arder.
—Yo trabajo por lo que comemos, señor.
—Eso dicen todas las personas interesadas.
Don Aurelio golpeó el piso con su andadera.
—¡Basta! Esta mujer ha hecho por mí más en 2 semanas que tú en años.
Rogelio apretó los labios.
«El río se llevó mi casa y usted vive solo. Déjenos quedarnos esta noche», le pedí al anciano, con mi bebé en brazos y mi hijo de 8 años cubierto de lodo. Don Aurelio aceptó con una condición: al amanecer debíamos irnos, pero nos abrió el cuarto de su esposa fallecida, cerrado desde hacía 30 años. Cuando despertó y encontró café caliente, tortillas recién hechas y su cocina transformada, tendría que decidir si recuperaba su vieja soledad… o rompía la promesa de echarnos.