—¿Quién te está enviando esto? —preguntó.
—No lo sé.
—¿Has respondido?
—Todavía no.
Ortega sacó su teléfono.
—No borres nada. Quiero que nuestro equipo preserve los mensajes y documente la cadena de custodia.
Asentí.
Diecisiete años atrás habría hecho las cosas de otra manera. Habría buscado a Elena por mi cuenta, habría seguido cada matrícula y cada sombra hasta encontrar respuestas.
Pero ahora no estaba en una operación militar.
Era un padre intentando proteger a su hijo.
Y si quería que el responsable terminara ante un juez, necesitábamos pruebas que sobrevivieran a un tribunal.
Daniel seguía al teléfono.
—He oído parte de la conversación —dijo—. Voy a quedarme en la gasolinera hasta que llegue alguien de la fiscalía estatal.
Ortega extendió la mano.
—Ponme con él.
Le entregué el móvil.
Durante los siguientes minutos hablaron de las grabaciones, del propietario y de cómo preservar los archivos originales sin que nadie pudiera alegar después que habían sido manipulados.