Una vez porque había comprado pan de más.
Otra porque le sobraba caldo.
Otra porque quería preguntarle a Lucía si ella también había oído “ese ruido indecente” del ascensor.
Siempre traía una excusa.
Y siempre se quedaba.
A veces hablábamos mucho.
A veces no hablábamos casi nada.
Él se sentaba en la silla de enfrente, apoyaba las manos sobre la mesa y miraba por la ventana de la cocina como si aquello fuera lo más normal del mundo.
Yo agradecía eso más que cualquier discurso.
Porque hay días en que un enfermo no quiere explicar cómo se siente.
No quiere actualizar a nadie.
No quiere repetir el parte médico como si fuera el presentador de sus propias malas noticias.
Solo quiere que alguien se siente cerca y no haga preguntas.
Lucía también empezó a respirar distinto.