No digo que dejara de sufrir.
Sería mentira.
Pero ya no estaba sola sosteniendo la casa entera con las dos manos.
Una tarde, mientras yo dormía en el sofá, la oí reír en la cocina.
Era una risa pequeña.
Cansada.
Pero risa.
Me quedé quieto, con los ojos cerrados.
Don Julián estaba contándole que, en su juventud, había intentado hacer tortilla y había quemado hasta el mango de la sartén.
“Eso no es posible”, dijo Lucía.
“En mi defensa”, respondió él, “yo era joven y la sartén era antipática.”
Lucía volvió a reír.
Y yo sentí algo que hacía semanas no sentía.
Alivio.
No por mí.
Por ella.
Me di cuenta de que yo estaba tan ocupado teniendo miedo a morirme que había olvidado otra cosa terrible.
Lucía también estaba perdiendo una vida.