Después de aquella cena, algo cambió en casa.
No cambió mi diagnóstico.
No cambió el sabor metálico en la boca.
No cambió el cansancio que me dejaba sin aire solo por levantarme del sofá.
Pero cambió la forma en que vivíamos dentro del miedo.
Antes, el miedo entraba en casa y ocupaba todas las habitaciones.
Se sentaba en la cama.
En la mesa.
En el baño.
En el silencio entre Lucía y yo.
Después de aquella noche, el miedo seguía allí, pero ya no mandaba solo.
Ahora también estaba don Julián.
Y aunque parezca raro decirlo, aquel hombre que se quejaba de todo empezó a convertirse en una especie de costumbre buena.
No venía todos los días.
Don Julián jamás habría aceptado parecer sentimental.
Venía cuando decía que tenía que subir “por una tontería”.