La nuestra.
La que habíamos construido con paciencia, con discusiones tontas, con fines de semana de limpiar la casa y ver cualquier película mala en el sofá.
Ella no solo cuidaba a un enfermo.
Ella cuidaba el recuerdo de un matrimonio mientras seguía intentando vivirlo.
Aquella noche, cuando se acostó, le cogí la mano.
“Perdóname”, le dije.
Abrió los ojos en la oscuridad.
“¿Por qué?”
“Porque a veces siento que te he dejado sola.”
Lucía tardó en responder.
Luego se giró hacia mí y me tocó la cara con una ternura que casi me rompió.
“No me has dejado sola, Diego. Te estás enfermando. No es lo mismo.”
Yo tragué saliva.
“Pero tú también tienes miedo.”
“Claro que tengo miedo.”
No intentó esconderlo.
Por primera vez no dijo “vamos a poder con esto”.
No dijo “hoy solo pensamos en hoy”.
Solo dijo la verdad.