“Me da miedo levantarme un día y que ya no estés en la cocina.”
Se me llenaron los ojos.
“Yo también tengo miedo de eso.”
Nos quedamos así un buen rato.
Sin buscar consuelo perfecto.
Sin prometer cosas que nadie podía prometer.
Solo dos personas agarradas de la mano, en una cama de matrimonio que de pronto parecía una barca pequeña en medio de un mar enorme.
Al día siguiente tuve revisión.
Hospital.
Pasillos.
Olor a desinfectante.
Gente con carpetas.
Máquinas.
Números.
Sillas incómodas.
Todo ese mundo donde uno intenta portarse bien mientras por dentro se está cayendo.
Lucía vino conmigo, como siempre.
Pero esta vez don Julián insistió en acompañarnos hasta la puerta.
“Solo hasta la entrada”, dijo. “No penséis cosas raras.”
Bajó con nosotros en el ascensor y se pasó todo el viaje diciendo que aquel aparato sonaba peor cada semana.